Cómo aprendimos a conformarnos con menos
Hubo un tiempo —no me lo han contado ni lo he leído, lo viví— en que el Estado del bienestar propiciaba estabilidad, derechos y seguridad como conquistas colectivas, supuestamente irreversibles. No se trataba de algo regalado, sino logrado con el esfuerzo laboral y cívico de varias generaciones de españoles, y que en este país de frutos tardíos se consolidó más tarde que en otros de nuestro entorno.
Hoy seguimos hablando de sanidad pública y educación pública; de justicia universal y de democracia representativa, pero algo ha cambiado silenciosa y paulatinamente: las estructuras que sustentaban todo esto, si bien no se han desmontado, sí que han experimentado un considerable aligeramiento. La cuestión es que ha ocurrido de manera tan extendida en el tiempo que nos hemos ido habituando a ello.
Todo es un poco menos, todo es un così ma non troppo. Sin entrar en nostalgias atávicas ni en catastrofismos, parece legítimo afirmar que hemos sustituido la lógica del bienestar por la lógica del low cost.
Mantenemos la arquitectura institucional, pero reducimos la intensidad de sus garantías. No vivimos el fin del Estado del bienestar, simplemente vivimos en su versión básica, a veces insuficiente. Y parece que puede haber motivos para, sin ser especialmente agoreros, preocuparnos y que el logro de las condiciones que comentábamos al inicio se parecería así más a una meta volante que a un final de carrera.
El modelo low cost no consiste simplemente en abaratar precios: exige trasladar costes, en un cierto ejercicio de trilerismo o al menos de prestidigitación. En materia de consumo se adelgazan las prestaciones y las garantías; en materia de sanidad se reducen coberturas y se externalizan servicios, manteniendo la apariencia de acceso universal. El usuario paga menos, pero asume más. Lo que antes era derecho pleno se convierte en funcionalidad mínima; lo que antes era garantía robusta, pasa a ser cumplimiento suficiente.
Como decimos, no se han desmontado las estructuras; solo se han vaciado progresivamente.

Jean Baudrillard señaló que el simulacro no elimina la forma: la conserva mientras atenúa su sustancia. El Estado del bienestar permanece en el discurso y en la norma, pero su densidad se reduce. Asistimos a una suerte de espejismo, una representación desplazada de una realidad que ya no tenemos delante.
Las coberturas existen, pero más limitadas (el copago sanitario es un ejemplo paradigmático); el derecho se mantiene, aunque más condicionado. Podemos invocar la garantía, pero su efecto, si llega, será de menor intensidad, favoreciendo a menudo la renuncia.
Ese vaciamiento no se percibe en grandes acciones, sino en gestos cotidianos: una cita médica para dentro de tres meses, mientras la aplicación ofrece una alternativa rápida en un centro concertado; el trámite administrativo que solo puede hacerse online, aunque la plataforma falle o no guarde los datos; etc. Nada de esto elimina el derecho, pero lo vuelve más fino, más frágil, más dependiente de la paciencia y recursos del ciudadano que de la fortaleza de la institución.
En definitiva, no desaparece el modelo, solo se reproduce en su versión básica. En ese “solo” está la clave del paradigma low cost.
La mutación comenzó a hacerse visible con la crisis financiera de 2008. Entre 2008 y 2015 no solo se ajustaron cuentas públicas: se ajustaron expectativas. La clase media —más que desaparecer— se contrajo y debilitó, volviéndose vulnerable. El empleo dejó de ser estabilidad y pasó a ser provisionalidad. La vivienda dejó de ser patrimonio y pasó a ser riesgo. Todo lo que apreciábamos como seguro se transformó en un quizá.
Vivir peor se convirtió en el nuevo estándar. El mileurismo, que nació como sátira generacional, terminó convertido en horizonte razonable y deseado. El salario mínimo dejó de percibirse como suelo insuficiente para convertirse en aspiración.
Ya no ansiábamos prosperar, nos conformábamos con resistir.
Aquella contracción no fue únicamente económica. También en lo cultural aprendimos a conformarnos con menos.
Después llegó la pandemia. Y con ella una consigna, comprensible en la emergencia: “al menos estamos vivos”. La supervivencia sustituyó a la aspiración, incluso a la ilusión. No pedimos excelencia de las instituciones, nos conformamos con que no colapsen. Y, por ende, no exigíamos calidad democrática, nos bastaba con que el sistema funcionase lo suficiente.
Aceptar el mínimo viable como logro es el corazón de la mentalidad low cost, de la sociedad low cost. El modelo no es asequible por optimización, sino por menoscabo.
En este clima, la democracia también se simplifica. No desaparecen los derechos, se aplican en su versión mínima. La Constitución permanece intacta sobre el papel, pero su despliegue depende cada vez más de interpretaciones acomodaticias y consensos frágiles. La norma subsiste, pero las exigencias se diluyen. La cultura del «mientras funcione» sustituye a la exigencia de «que funcione bien». Esto, en según qué sectores, puede tener consecuencias terribles.
Ese desplazamiento se refleja también en el debate político. Durante décadas, la confrontación democrática se articulaba en torno a modelos alternativos —más o menos Estado; más o menos mercado; mayor o menor redistribución—. Hoy la discusión se desplaza artificiosamente hacia la identidad y la pertenencia. La alternancia programática cede terreno a la polaridad permanente. Se discute más, pero se propone menos.
El desacuerdo deja de ser contraste de proyectos para convertirse en enfrentamiento de bloques. La política se intensifica en la forma y se adelgaza en el contenido. El día a día de la gestión pública se sustenta, como los platillos del malabarista, sobre soportes débiles, y la sensación de que siempre estamos a un descuido del desplome es permanente. Pero aplaudimos.
La digitalización aceleró el proceso. La política quedó sometida a la lógica de la velocidad. Titulares instantáneos, indignaciones efímeras, debates comprimidos en segundos. Como advirtió Paul Virilio, la aceleración no solo transforma el tiempo: transforma la sustancia. Lo que se vuelve inmediato pierde espesor. La deliberación —que exige lentitud, matiz y confrontación bien entendida— resulta incompatible con la cultura del impacto. Nuevamente, la democracia no desaparece, pero se acelera hasta volverse superficial.
Como adelantábamos, la lógica del simulacro no se limita a las instituciones. Atraviesa la cultura. Las redes sociales han convertido la identidad en superficie visible, en gesto constante, en posicionamiento permanente. Opinamos, reaccionamos, nos mostramos; pero el gesto no equivale a compromiso. La máscara sustituye a la profundidad. La pertenencia se vuelve ligera; la adhesión, reversible a golpe de Seguir o Dejar de seguir.

Incluso la religiosidad reaparece a menudo como signo más que como ejercicio; como afirmación identitaria más que como exigencia moral sostenida. El símbolo permanece pero la obligación se diluye. No se trata de juzgar estos fenómenos, sino de advertir un patrón y que la reducción de exigencia atraviesa todos los aspectos de lo social.
Además, la degradación no es solo institucional y cultural: es social y bidireccional. La exigencia disminuye de arriba abajo y de abajo arriba. Las instituciones rebajan estándares porque la presión social se debilita; la ciudadanía reduce su exigencia porque se ha habituado al mínimo aceptable.
Se activa entonces un bucle. El ciudadano paga menos —en implicación, en vigilancia, en participación sostenida— y exige menos. Al exigir menos, recibe menos. Y al recibir menos, ajusta de nuevo su expectativa. La reducción se vuelve hábito y se normaliza.
Nada de esto responde a una causa única. Hay desgaste, sin duda: décadas de crisis encadenadas, precarización y saturación informativa han erosionado el capital cívico. Una ciudadanía fatigada dispone de menos tiempo y de menos estabilidad para sostener altos niveles de implicación pública, no digamos de capacidad de confrontación cívica. Y esto se realimenta con un menor desarrollo del pensamiento crítico, como consecuencia del deterioro del sistema educativo y de valores, aunque también del cansancio.
Además, operan dinámicas estructurales más profundas. La globalización financiera y la competencia permanente han trasladado al ámbito político la lógica de la eficiencia y el ajuste. Mantener estándares elevados es gravoso en un entorno que premia la reducción de costes y la flexibilidad. El mercado no sustituye a la democracia, pero la condiciona.
Y esa lógica económica termina filtrándose en la política. Lo que comenzó como cálculo presupuestario se convierte en hábito social. La contención económica deriva en contención ciudadana. La prestación mínima se normaliza como estándar suficiente (el Ingreso Mínimo Vital puede leerse también en esta clave ambivalente).
En ese contexto prospera la simplificación política. Si la complejidad resulta costosa, la respuesta simple se vuelve atractiva. Las soluciones rápidas ganan terreno frente a los procesos deliberativos. La eficacia aparente seduce cuando la impaciencia crece. Como advirtió Friedrich Schiller en sus Cartas sobre la educación estética del hombre, cuando el equilibrio entre libertad y orden se rompe, la tentación es resolver las tensiones sacrificando la primera en nombre del segundo.
No se ha producido un derrumbe espectacular. Se ha producido, se está produciendo, una adaptación progresiva. No se han degradado simplemente las instituciones: se ha institucionalizado el mínimo. El estándar ya no es la excelencia ni la plenitud de derechos, sino el cumplimiento suficiente. Y esa institucionalización del mínimo refleja una ciudadanía más ligera.
La democracia no se vacía solo desde arriba. Se aligera también desde abajo. Cuando la ciudadanía se reduce a consumidor de servicios y espectador de debates, la estructura pierde densidad.
Esa ligereza se manifiesta también en la vida diaria. La participación política se reduce a un retuit, un emoji o una indignación de veinticuatro horas. Los debates públicos duran lo que dura un reel viral, y la complejidad se descarta porque exige tiempo, atención y matiz. Incluso la protesta se vuelve efímera: se convoca con facilidad, pero se disuelve igual de rápido. La ciudadanía se convierte así en un gesto más que en un compromiso.
La cuestión final no es nostálgica ni retórica. Es estructural: ¿qué dinámicas hemos aceptado como inevitables? ¿qué hábitos hemos normalizado? ¿qué nivel de exigencia estamos dispuestos a recuperar?
¿Es la sociedad actual capaz de revalidar el esfuerzo colectivo que mencionamos al comienzo?
Una democracia de calidad tiene un precio. La cuestión es si preferimos pagarlo o seguir disfrutando el descuento.
Notas:
1. Jean Baudrillard, especialmente Simulacros y simulación, donde desarrolla la idea de la conservación de la forma vaciada de sustancia.
2. Paul Virilio, en sus reflexiones sobre velocidad y política, particularmente en Velocidad y política, y en Estética de la desaparición.
3. Friedrich Schiller, Cartas sobre la educación estética del hombre, sobre la tensión estructural entre libertad y orden.

