La pérdida de las posesiones de Cuba y Filipinas a finales del siglo XIX en la Guerra de Cuba, posteriormente conocida como el Desastre del 98, o simplemente el Desastre, conllevaría consecuencias de gran alcance en el pensamiento y en el ánimo de varias generaciones de españoles, en particular de aquellas que lo vivieron o que nacieron en torno al cambio de siglo y que, por lo tanto, llegaron a su madurez en la década de los 30, y para quienes el pesimismo atávico continuaba vivo a través de sus mayores, como un pasado muy presente.
La proyección al futuro de esta inercia aparentemente insuperable y las dudas sobre lo que habría de pasar en el país, teñirían las vidas de esos hombres y mujeres de manera duradera, y abriría las puertas a propuestas heterogéneas. Aquí se encuadran la vía del Regeneracionismo -netamente español- o ya en los treinta -la llamada década violenta– ideas tan seductoras y peligrosas como las que preconizaban el incipiente fascismo y el ya triunfante (en Rusia) comunismo.
Hablamos de un sistema en tensión. Y las tensiones abarcaban todos los aspectos de la realidad. También, y de lleno, las cosas de comer: la despensa, que el regeracionista Joaquín Costa señalara, con la escuela, como persistente carencia del país.
España seguía siendo un país prácticamente subdesarrollado, con tasas elevadísimas de analfabetismo y carente de un tejido social medio cohesionador.
El país no había conocido una revolución burguesa, ni apenas una industrial, y los sistemas productivos continuaban anclados en prácticas y modos de relación poco menos que medievales. La población era fundamentalmente obrera, de mayoría campesina, y al otro lado se disponía una clase alta terrateniente atravesada por la Iglesia y por el Ejército, además de la aristocracia y la Corte. Teníamos Grandes de España y pequeños, muy pequeños: ínfimos. Y de estos, de los que más.
Sin una clase media que cosiese estas capas y con un sistema político basado en el bipartidismo alternante, preconizado por Cánovas en el XIX como un remedo de sistema electoral democrático; con el caciquismo como medio de control de las voluntades, al servicio de ese sistema y con la aquiescencia del clero; con una población creciente a la vez que hambrienta, el terreno estaba más que preparado para que, con un leve soplo ideológico sobre las ascuas de la pobreza, el país se inflamase.
Esto tuvo trágica materialización en las huelgas obreras del reinado de Alfonso XIII, con numerosos muertos, y experimentó un intento de control por parte del general Primo de Rivera, dictador con la anuencia del rey de 1923 a 1930: un período protofascista que, sin embargo, trajo algunas bondades para el país en forma de fomento de las obras públicas, merced a la bonanza económica propiciada por el comercio en una época de crisis internacional, derivada de la caída de la Bolsa del 29. España, también en esto tardía, sufrió las consecuencias del Crack diferidas y solo de modo ligero, y eso nos permitió convertirnos en proveedores, aún a costa de apretar aún más el cinturón doméstico.
Entretanto, se desarrollaban en el norte de África, nuestro horizonte de expansión natural según el testamento de Isabel la Católica, sucesivas campañas de colonización con una sangría aparentemente interminable de vidas patrias. Tras la conferencia de Algeciras de 1906 y seducida por un espejismo de recuperación colonial, España se había lanzado a la conquista de un territorio, el Rif, tan desconocido como inhóspito y peligroso.
Estas campañas y el largo conflicto sirvieron, no obstante, para reconciliar a la clase militar con una población que aún desconfiaba de un ejército que no pudo evitar la debacle del 98. El Estado y la Corona eran conscientes de esto y, deseosos de agradar a unos y a otros, promovieron condecoraciones y ascensos sin medida, llegando a ser, de lejos, la nación europea con mayor número de generales en su escalafón, superando en diez veces a los países de nuestro entorno.
El resultado fue la concreción de una clase de militares muy particular, los africanistas, con características propias, salvando las distancias, de lo que hoy llamaríamos un lobby. Se trataba de mandos muy curtidos en la vida castrense, ciertamente aguerridos y marciales. Eran además muy queridos y admirados por sus subordinados, llegando a constituirse en una suerte de casta que llevaba una vida cien por cien militar alejada de los fastos de la Corte, en la cual no se sentían cómodos por mucho que el entorno del monarca promulgase la idea del Rey Soldado. De hecho ni siquiera sentían especial apego por la metrópoli, por el país. Un país que les había despreciado cuando lo de Cuba y que ahora hacía su vida ajeno a las penurias de sus soldados en Marruecos, recordando en gran medida a los aconteceres de las legiones romanas que, implicadas en campañas de décadas, llegaban a constituir una suerte de estado satélite, con sus propias idiosincrasia y dinámica. Y en no pocas ocasiones, con acusada repulsa hacia la vida acomodada de la urbe.
Ese estatus consolidó, pues, una mentalidad militar propia, única, con un sentido de dominio, ocupación y colonización que podemos calificar acertadamente de a la romana, esto es, con una aspiración de administrar el territorio conquistado, de hacerlo cuasi propio, al modo de las ciudades eméritas imperiales. Así había ocurrido parcialmente en África con los comandantes de las plazas, desde Marina a Silvestre, y así ocurriría plenamente en España con Franco.
El gallego había superado al mismísimo Napoleón Bonaparte al convertirse en el general más joven de Europa. Su resolución y su arrojo eran ejemplares. También su sentido de la disciplina. Y su suerte: la baraka, que siempre le sonrió y que le permitió, por ejemplo, ser evacuado en Marruecos tras haber sido inicialmente dado por muerto. Cuenta la leyenda que le dijo al camillero «O me llevas, o te quedas aquí conmigo». Todas estas cualidades le permitieron convertirse en el cabecilla de la rebelión, toda vez que el líder natural, Sanjurjo, y el director de la misma, Mola, perecieron en sendos providenciales accidentes aéreos.
Franco sería así la cúspide de una pirámide generalicia hipertrofiada y difícil de controlar (Azaña lo intentó, como ministro de la Guerra, anulando ascensos y dispersando mandos), que acabaría por llevar a España a una guerra de tres años, empujados por ese espíritu de conquista. Además, y como hemos dicho, los africanistas malamente entregaban el poder a los civiles, por lo que la instauración de un régimen militar fue cosa natural, y aquí hay que eliminar, o al menos relativizar, automatismos de vinculación con el afán imperialista del Reich alemán o con los sueños totalitarios de Mussolini. Franco se apoyó en el fascismo internacional por motivos utilitarios, pero no más que en el ideario joseantoniano -solo parcialmente fascista- o en el nacionalcatolicismo, genuinamente patrio.
Aspiraba, y lo consiguió mientras vivió, a mantener al país bajo la bota de un sistema marcial, progresivamente blanqueado, pero militar al fin y al cabo. Y su intención era, y no podemos reprocharle falta de coherencia, que dicho sistema continuara tras su muerte. Para ello, nombró delfín in pectore a Luis Carrero Blanco, posteriormente asesinado, y más tarde, al rey Juan Carlos I, en calidad de monarca y sucesor al frente del Movimiento Nacional1.
El Borbón nos dará la clave de la hipótesis que queremos plantear como coadyuvante del final del Régimen pues es, aunque muy sui generis, un ejemplo de «militar no guerracivilista», y en absoluto africanista por una mera cuestión de edad.
Y la edad, el salto generacional, es la base de nuestro argumento. Junto al aislamiento internacional y a las presiones externas -lo que hemos llamado en otro lugar el viento de los tiempos– hubo una razón etaria, generacional: Franco fue el más joven (con una diferencia de hasta 20 años) de los africanistas, y por tanto sus compañeros de casta irían quedándose en el camino por el mero devenir del tiempo. Pasó con el transcurso de las décadas, de ser el benjamín a ser el único superviviente, un poco como esos hijos tardíos de familias numerosas, que ven morir no solo a sus padres, sino también a sus hermanos, en un mundo que es y no es ya el suyo.
Franco se quedó solo, era un vestigio de otro tiempo y su corte de colaboradores estaría, en buena medida, teñida de un pragmatismo post tecnócrata y de una adaptabilidad que el espíritu de los tiempos antes mencionado terminó por derivar a cauces modernos y civilizados, democráticos (aún a la fuerza y por simple supervivencia). Sus antiguos aliados habían sucumbido hacía más de 40 años y los dictadores latinoamericanos, de muy distinta naturaleza, estaban a un océano de distancia y, la mayoría, viviendo sus últimos estertores. Además, el amigo americano nos señalaba más a Europa -en realidad a la OTAN- que al cono sur, en una suerte de miopía que pervive a día de hoy y que tiene no poco de oportunidad perdida.
Por todo esto, entre otras cosas, no hubo delfín ni continuidad. Por esto nada pudo ser atado y bien atado. Porque, sencillamente, no había con qué -con quién- anudar el lazo.
Y el franquismo, como esos oficios que desaparecen por no tener quién los practique ni contar con aprendices motivados, murió con Franco. Además de, insistimos, por otros factores -nacionales e internacionales- de variada índole, que podemos reunir de nuevo bajo el epígrafe común de el signo de los tiempos, aquel que impulsara hacia delante al Angelus Novus del cuadro de Paul Klee, mientras con el rabillo del ojo atisbaba, a sus espaldas, un pasado ya irrecuperable.
Notas de «El final del Franquismo (hipótesis generacional)»:
1. El 22 de julio de 1969, tras décadas de presiones internas, Franco nombra a Juan Carlos de Borbón sucesor a título de Rey. Al día siguiente, este presta solemne juramento de aceptación, ante Dios y ante los Santos Evangelios, con lealtad a Franco y fidelidad a los principios del Movimiento Nacional, declarando «Quiero expresar, en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936 […]».

